Las hijas de Helena

Una mala tarde la tiene cualquiera

En junio de 1978, una de las mujeres más glamurosas que ha pisado la faz de la tierra caminó, blanca y radiante, hacia el altar con un diseño de Marc Bohan, por entonces al frente de la casa Dior. Al igual que el tocado de la novia, el matrimonio fue un desastre. A medio camino entre la princesa Leia y una fallera valenciana, Carolina de Mónaco remató su peinado con una raya al medio que convirtió su hermosa cara en una luna llena. Decididamente, quien le aconsejó semejante aderezo estaba con fiebre aquel día.

Parece ser que más del cincuenta por ciento de las novias se arrepienten de su atuendo nupcial al cabo del tiempo. No solo del atuendo, pero eso ya es de otro negociado… Y la mitad de las contrayentes me parece poco, si tiramos de hemerotecas y álbumes familiares. Hay vestidos tan sencillos que defraudan, tan originales que aturden, tan escotados que sonrojan, tan rompedores que pasman, tan brillantes que apabullan y tan convencionales que aburren.

Debemos la tradición de vestir más o menos de blanco -porque una ignora la cantidad de matices de este color que existen hasta que va a un taller nupcial- a su graciosa majestad Victoria, Reina del Reino Unido y Emperatriz de la India, que eligió este color en sus esponsales con su amado primo Alberto. Luego a la Iglesia en general, y a la Católica en particular, le pareció que asociar el blanco con la pureza y modestia que deben acompañar a la novia, era una idea muy adecuada. Del color y de las cualidades del novio no se dijo nada…

La historia de las vestidos de novia, como la de la moda en general, es, sencillamente, apasionante. Pocos atuendos, además, tienen tanta documentación gráfica. Demasiada, incluso…

Para indecisas, la inspiración puede surgir en una de las 8 bodas de Elisabeth Taylor, que ya son ganas de contraer… Dijo que el único amor de su vida, excluyendo las joyas, fue Michael Todd, aunque quizá fue porque este marido en cuestión, tuvo a bien abandonar este mundo cruel al año de casados y no dio tiempo a decepciones.

¿Cómo íbamos a imaginar que la clásica gallina campera que es Camila le iba a dar mil vueltas en estilo nupcial al bollito de crema inglesa que era Diana? Claro que llevando un tocado de Philip Treacy, la ex señora Parker Bowles, tenía las de ganar.

Para cambios de estilo, ELLA, Cayetana, Duquesa de Alba y medio centenar de títulos más. De Flora Villarreal, la mítica modista que era capaz de reproducir cualquier modelo de Dior sin despeinarse, a Victorio&Luchino y su alegría de volantes pasando por el diseñador italiano André Lang, tres fueron sus trajes de novia, y con todos ellos, según sus propias palabras, se vio espléndida.

En todo caso y, como muy bien apunta el maestro Lorenzo Caprile en su librito “Vamos de boda”, la protagonista es y debe ser la NOVIA. Parece un detalle obvio, de consenso universal, pero conviene evitar distracciones: nada de invitadas famosas que estén en Instagram con su ropa patrocinada, al minuto de decir el”si, quiero”, cuidadito con los amantes del show a la segunda copa, y, fundamental, evitar como a la peste bubónica damas y pajes que nos hagan sombra en este nuestro día. Porque Kate se casó con William, si, pero lo que triunfó en aquel enlace fue la derrière de Pippa -de blanco, ¡SACRILEGIO!- colocando la cola del vestido de su hermana.

En estos tiempos pandémicos, y haciendo de la necesidad, virtud, más de una boda doble se ha visto, que es la forma más contundente de quitar el protagonismo a la novia: repartirlo a partes iguales.

En la película LAS HIJAS DE HELENA la boda es triple: Mari Paz, Mari Pili y Mari Po, -el mismo día, la misma iglesia, con el mismo vestido, el mismo tocado, el mismo almuerzo…-, deciden aplazar el evento mientras buscan una pareja adecuada a su madre Helena, viuda de un hombre al que las hijas creen un modelo de virtudes. Y como de buenas intenciones está empedrado el infierno, las novias y sobre todo los novios se lanzan a la búsqueda de candidatos, que resultan de lo más inconvenientes porque, como rápidamente adivina el espectador, Helena ya tiene elegida la pareja hace muchos años y no se parece ni en las cejas a su difunto marido.

Helena está interpretada por Isabel Garcés ,una actriz, cuya carrera en la gran pantalla está inevitablemente unida a la imagen de madre o tía despistada y bonachona de niñas prodigio de la época, pero esta mujer tuvo una exitosa carrera en el teatro y hasta don Jacinto Benavente escribió para ella.

Se desconocen su altura y su talla pero no hace falta ser muy avispada para ver que no tenía las hechuras de los cisnes que habitualmente vestía Cristóbal Balenciaga. Pero este es el diseñador que la vistió en múltiples ocasiones, no solo en esta película, haciendo bueno su dicho de que “una mujer no tiene que ser especialmente hermosa para lucir mis creaciones, mi ropa ya se encarga de hacerla bella”. Eso es confianza en la valía propia.

Y, así, tocada por la varita mágica de una confección impecable, Isabelita lucía regia y se codeaba con estrellas internacionales en el Festival de San Sebastián, al que era asidua.

Los trajes de Isabelita Garcés son sobrios y elegantes. Y parecen cómodos ya que para el diseñador era una premisa innegociable que la mujer se pudiera mover dentro de la ropa, purista fiel siempre a un estilo de traje de chaqueta inmortal- espalda ablusada, manga tres cuartos y escote abierto para alargar el cuello- que perfeccionaba temporada tras temporada. Un estilo que, por desgracia, ya solo se ve en las ceremonias.

¿Y los sombreros? La colaboración laboral y personal con Wladzio d´Attainville fue un completo acierto porque aportó la extravagancia para equilibrar el rigor de los diseños de don Cristóbal. Ahora que ya se puede ir a los Museos, en el de Diseño de Barcelona se exhibirán durante el verano una cuidada selección de sus trabajos, sencillos, espectaculares, impactantes.

No creo que fuera Balenciaga quien firma los vestidos nupciales de las tres muchachas, teniendo en cuenta que el modisto vasco se negó siempre a hacer modelos en serie, pero sí fue responsable de dos piezas históricas que hoy en día se admiran en museos.

Fabiola y Carmen

Fabiola está tan feliz con su traje de seda y tira de visón blanco que endosa el ramo a Balduino mientras ella saluda a dos manos. El Rey de los Belgas la mira con la resignación del marido que aguanta el bolso de su esposa a la puerta del probador. Carmen está envarada, deseando estar en otro lugar, con cara de impostora, como quien lleva una bata boatiné en vez de un espectacular diseño con aplicaciones de flor de lis. El resto de sus matrimonios, ya saben, es historia. Quien dijo primero que una imagen vale más que mil palabras, sabía de lo que hablaba…

Volvamos a nuestra película: las tres hijas en cuestión son tres bellezas de la época

Laura Valenzuela, onmipresente en el cine de los años cincuenta y sesenta y posteriormente en la televisión cuando solo había dos canales para escoger. María Mahor, otra de las habituales y Soledad Miranda, cuya carrera se truncó en plena juventud en un accidente de tráfico en Lisboa.

Del vestuario de la señorita Valenzuela se encarga Griff, ¿una boutique de la época? No hay referencias de esta etiqueta. En cambio, las señoritas Mahor y Miranda lucieron creaciones de Herrera y Ollero dos modistos afincados en Sevilla, que desarrollaron su carrera con gran éxito hasta el declive de la Alta Costura en España. Suyos son tres vestidos de tres bodas de relumbrón: la primera de La más grande, la del cantante y la aristócrata, y la de la pareja más bonita del momento.

Después de un año descafeinado de bodas y de ceremonias, volvemos a ellas, igual que hay que volver a todo lo que un día fue nuestra vida. Aunque yo ya me casé hace un millón de años, mi vestido era clásico e intemporal en brocado de seda y ajustado mediante corsé con cordoncillo y me reconforta ver que soporta el paso del tiempo. si me viera en la tesitura de volver a casarme -la vida no es que de vueltas, es que da revolcones- ¿como sería mi traje ideal?

Descartados los cortes princesa y los miriñaques…

Ni hablar los étnicos o los colorines

Los cortos tienen su público, entre los que no me encuentro

Volumen, el justo

La silueta años 20 es una buena elección, quizá para una primera boda.

Definitivamente, esta sería la elección: un traje de chaqueta y una blusa espectacular.

En la vida siempre hay que tener un plan B, C o R y parte de la diversión consiste en pensar que todas las cosas se pueden hacer mejor, que hay más de un tren al que podemos subir y que hay pérdidas que, vistas con el tiempo, son triunfos.

Dovima y Sacha con traje y tocado de Balenciaga en la famosa foto de Richard Avedon.

La vida, con sombrero y la mejor compañía. Y no lo digo por el perro sino por la copa de coñac.

¡Feliz semana!

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