Explota, explota

Polvo de estrellas

En el cine, un atuendo es tan importante como una frase. Darth Vader, por ejemplo, no hubiera resultado tan impactante declarando “Yo soy tu padre” en mangas de camisa o con un uniforme de cabo furriel, por muy del Imperio que fuera. O Terminator, reventando a diestro y siniestro, con una americana de cuadros en vez de la chupa de cuero y gafas oscuras. O la timorata Rebeca con un escote hasta el ombligo, dando la réplica a la intimidante ama de llaves de Manderley.

El trabajo de los directores de vestuario es hacer creíble un personaje para que, sin abrir la boca, seamos capaces de saber de dónde viene y adónde va. Cierto es que es más fácil apreciar esta labor en las producciones cuya trama se desarrolla en otros siglos, donde la espectacularidad de los trajes se presta a un mayor lucimiento. Y es por eso que, desde que en 1988 se instauraron en España los premios Goya, la mayoría de los galardonados en la categoría de diseño de vestuario, lo son por películas de época. Y no solo es aquí, en Hollywood también ganan por goleada. En 2006 El Diablo se viste de Prada no tuvo ni una opción frente a María Antonieta.

EXPLOTA, EXPLOTA es una película ambientada en los 70, aunque estrenada en el 2020, un mal año para cualquier cosa que no haya sido vegetar con el virus campando a sus anchas. Su responsable, Cristina Rodríguez, compitió por el Goya al mejor vestuario, pero tenía enfrente a Nerea Torrijos con Akelarre, ambientada en el siglo XVII y además con reivindicación feminista.

Adivinen quien se llevó el gato al agua….

¿No han deseado alguna vez que sonara la música y que todos los que están esperando al metro a las 8 de la mañana se pusieran a bailar en perfecta coreografía? ¿Y zanjar una acalorada discusión a golpe de gorgorito? ¿o que nos arreglen el coche en el taller con un contoneo a lo John Travolta?

Pues en esta película se hace y es la incombustible Raffaella Carrá la encargada de la banda sonora. El resultado es un ejercicio divertido de cante y baile sin más pretensiones que ridiculizar algo tan siniestro como la censura y glorificar la alegría de vivir, esa que se supone que vamos a tener en cuanto alcancemos la inmunidad de rebaño.

Tenemos a la protagonista, María, que huye de Roma y de una boda no deseada por motivos que no quedan muy claros. Un vestido de novia con hechuras de primera comunión con una cazadora fucsia vaquera son sus compañeras de escapada. Y de esta guisa se embarca en un avión con destino a Madrid, donde nada tiene y nadie le espera pero, de alguna forma, intuye que es su hogar.

Y aquí viene el primer numerito musical: a mí, ni aunque me cantasen las azafatas , vestidas maravillosamente por Elio Beranhanyer, y les hicieran los coros el resto del pasaje, se me quitaría el terror irracional e infantil que tengo volar. Pero a María sí le surte efecto y encara su futuro con ilusión.

Es el Aeropuerto de Madrid donde en una misma carambola encuentra amor, amistad y vocación.

Lo demás, ya saben: chica encuentra a chico, chica cumple sueño con la ayuda de amiga, chico boicotea sueño, chica renuncia a sueño y a chico, chico cae del guindo y corre a aeropuerto a recuperar a chica y ambos son felices cantando y bailando forever and ever.

Pero entre medias la figurinista Cristina Rodríguez vacía las naves de la Sastrería Peris para hacer no ya un recorrido, sino una tesis doctoral sobre la moda de los setenta.

Por más que busquen no encontrarán un pantalón gris ni una camisa beige, ni nada que se pueda encuadrar en una elegancia mínimamente sosegada, pero ahí reside su gracia y su supervivencia a través del tiempo, aunque les parezca que tanto colorinchi es casi más un disfraz que un atuendo.

Mención especial merece Amparo, la amiga, interpretada por la maravillosa Verónica Echegui cuyos estampados, sí, esos que en la vida real dan tanto miedo como una tarátula, dan dimensión y alegría a cada escena en la que sale.

Es la eterna optimista a la que el Karma premia su buen talante con una vida llena de amor, de la que un paseo en vespa por Roma es el aperitivo.

Leyendo las críticas que dedican a esta película en la prensa especializada me pregunto si no queda nadie que considere las cosas como lo que son: un ejercicio de entretenimiento donde los protagonistas son la música de La Carrá y la ropa, desenfadadas y frescas.

Se le achaca, por ejemplo, pasar de puntillas por el tema de la censura, ejercida por personajes como don Celedonio, pendiente de que el largo de la falda o tamaño del escote no fueran a provocar una erección al telespectador…

Se le reprocha no profundizar en la denuncia al acoso como peaje habitual de la industria del espectáculo, personalizado por el realizador Chimo y sus inolvidables trajes con camisas estampadas.

Lamentablemente, no leo que nadie se haya fijado en el enorme esfuerzo de coordinación con los decorados. La película debería figurar en los tratados sobre teoría del color…

Dentro de su estridencia nada desentona, todo combina, siempre hay un punto de color en el fondo que redirige la mirada del espectador desde la ropa hasta el segundo plano y transmite sensación de armonía.

Elenco de la película Akelarre, ganadora del Goya al mejor diseño de vestuario 2020. En fin…

La película no va de emponderamiento femenino, ni de alegato contra el abuso machista, ni sobre la cosificación de la mujer, ni sobre la defensa del colectivo LGBT. ¿Pero es que es necesario ser siempre tan intensa y tan militante? Porque hoy en día, la censura se ejerce de otras formas. Se llama corrección política. Todos tenemos miedo de expresar nuestras opiniones y no resultar suficientemente feministas, o defensoras de la diversidad sexual, o partidarias de la cosmética vegana o antiplásticos. Vivir pendiente de las opiniones de los demás desgasta mucho y, ya saben, “por si acaso se acaba el mundo, todo el tiempo he de aprovechar…” Toda una filósofa, La Carrá

¡Feliz semana!

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