Una mujer bajo la lluvia

Estilo de quita y pon

Érase una vez una hermosa doncella, de nombre Federica, de alma inquieta y corazón elegante, que llegó a la capital del reino desde un lejano país. Deseosa de compartir su amor por las cosas bellas, abrió una suerte de cueva de las maravillas donde los aldeanos podían admirar y llevarse a sus casas, a cambio de unas monedas, una porción de la alegría que proporciona el vivir rodeado de estilo. Más, ay, nuestra doncella se vio acosada por un terrible dragón de nombre Deudas que ansiaba su cueva, y aunque cientos de lugareños acudían a visitarla y sacaban muchas fotos de los tesoros que allí había y no había publicación en el reino que no la mencionara como referente de estilo, al final el dragón se quedó con la cueva, porque, como todo el mundo sabe, los elogios no pagan las facturas.

Moraleja: la mayoría de la gente no está interesada en tener glamour, lo que quiere es sacarse una foto para que los demás vean que tiene glamour.

En el año 1992, cuando se estrenó la película UNA MUJER BAJO LA LLUVIA, los teléfonos no se podían sacar de casa, los contestadores automáticos existían pero nadie comprobaba sus mensajes trescientas veces al día y Selfie era el nombre del gato de mi vecina Puri. Pero no éramos tan inocentes… la ostentación, la impostura y la exhibición gratuita ya estaban instaladas en la sociedad desde el tiempo de los romanos.

Es ésta una versión más moderna de la película comentada en la entrada anterior, LA VIDA EN UN HILO, y a grandes rasgos la línea argumental es la misma: una mujer que, en un momento dado de su existencia – un día de lluvia torrencial en Madrid-, tiene al alcance de la mano dos vidas. Falta la adivina, la inefable Madame Dupont, y el horrible reloj del salón familiar pero los dos hombres a escoger son, igualmente, Ramón, el constructor, serio, patoso y arrogante, y Miguel, el artista, bohemio, caótico y un puntito canalla. Les diré que ambos personajes me parecen igual de cargantes, y que, a mi juicio, Mercedes debería haberse marchado sola caminando bajo la lluvia. No hubiera supuesto más catástrofe que llegar empapada a casa, al fin y al cabo, era una mujer y no un Gremlin

Aunque, con lluvia o sin ella, pocas cosas son tan evocadoras como una mujer con un abrigo rojo y un ramo de flores en los brazos, convendrán conmigo en que este shoching red es difícil de digerir.

De la mano de María Luisa Zavala, encargada del vestuario, hacemos un recorrido por la moda de fin de siglo, que, para las que tenemos una edad, es como ver la película de nuestra vida: veníamos de los ochenta con las retinas agotadas de tanto vestido corto y ajustado a prueba de estornudos, de la estridencia de las medias opacas dignas de cualquier ave zancuda, de tanto colorinche festivalero que no resultó difícil en los noventa abrazar la contención y la sobriedad del traje de chaqueta, esa especie de uniforme para la mujer coherente y emancipada en que ansiábamos convertirnos todas las que en aquel momento dábamos nuestros primeros pasos profesionales.

Del traje de chaqueta, como de la tarta de queso, hay mil versiones.

Y si vestidito negro es igual a Coco Chanel, chaqueta para la mujer trabajadora lleva un nombre y un apellido: Giorgio Armani, esa gloria nacional italiana que lleva cuarenta años al pie del cañón y cuyo estilo es identificable hasta para el menos versado en materia de moda. Pero aunque la sombra del milanés es muy alargada no figura como proveedor en los títulos de crédito.

Hablemos de los que sí están al final de la película:

Algunas como Ángela Arregui ya no están en este valle de lágrimas y su marca no existe, engullida por la crueldad de las grandes cadenas textiles. Meye Maier nos dejó en 2010, pero su exquisita filosofía de vida, amante de la belleza y el sosiego, del jardín y de la ropa de casa elegante y sin sobresaltos, bien merece un recuerdo, porque encajaría a la perfección en estos tiempos convulsos.

Pero si alguien puede presumir de haber estado en la cresta de la ola en aquellos años esa es la peletera Elena Benarroch.

Nadie duda de que pasearse por su barrio a lo Cruella de Vil hoy en día es como llevar el cartel de asesina en serie en la espalda, pero la figura de esta diseñadora, que revolucionó el tratamiento de las pieles y aligeró los abrigos para hacerlos más juveniles, es incuestionable. El zarpazo de la conciencia animal, perdonen el juego de palabras tan pueril, vino después y la sociedad y las tendencias de moda, en sus múltiples piruetas, han hecho que la industria del pelo esté no ya en retroceso sino en caída libre.

La sombrerera Candela Cort se mantiene a través de sus creaciones armoniosas dentro de la estridencia. Llevar algo en la cabeza, incluso en una ceremonia, requiere una actitud que no se puede improvisar, el mundo del sombrero siempre ha sido un territorio de intrépidas, no apto para las que se achican con el primer comentario del portero antes de salir del edificio. Ánimo, señoras, estudios bien documentados señalan que con sombrero se liga más.

Que un buen complemento te arregla el look debió de tenerlo muy presente la responsable de vestuario porque tenemos para poner un mercadillo.

Algunas piezas son herederas de los excesivos ochenta, con un mal lejos y un peor cerca, otras son delicadas obras de arte salidas de los talleres de Joaquín Berao o de Paloma Canivet que sentaron las bases de un joyería bella y original, digna de pasar a la historia en las vitrinas de museos, y a los que toda una legión de imitadores que vinieron después no han restado ni un ápice de prestigio y relevancia.

Y como punto final, una diseñadora que se estudia en todos los tratados de moda española: SYBILLA. Por su maestría a la hora de diseñar formas envolventes y orgánicas que se superponen para crear unos vestidos de estética única, la prensa especializada la consideró a la altura de Balenciaga. Su trayectoria es errática dentro de la moda porque, a estas alturas a nadie se le escapa, que los caminos de la rentabilidad económica no son los de la creatividad y así volvemos como en un círculo a la conclusión del cuento inicial : que la fama y el éxito no son, ni de lejos, lo mismo.

Somos lo que comemos, puede ser. Somos lo que vestimos, seguramente. Somos lo que leemos, lo que nuestras amigas ven en nosotras, somos lo que salga de esta niebla que desde hace un año ha agrisado nuestro mundo.

Ahora mismo escribo en una cafetería donde todo es una oda al buen gusto; un camarero compone con primor una suerte de bodegón sobre la mesa ocupada por una pareja, todo es bonito, delicado, contenido. En un momento dado, ellos entrelazan sus manos y sacan una foto de esta estampa. Después vuelven a lo suyo: mirar el móvil. Apenas dan dos sorbos: el café se enfría, el zumo pierde vitaminas, según dicen, y el pastelillo casero languidece en un exquisito platito de porcelana. La pareja se levanta y se va sin cruzar palabra entre ellos, mucho menos con el camarero, que recoge los restos del naufragio, sin inmutarse. Ya debe de estar acostumbrado al estilo de quita y pon, a la gente que mira las cosas sin verlas. Dicen que la pandemia nos está haciendo valorar los pequeños placeres, Permítanme que lo dude.

¡Feliz semana!

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