Si Hoy es Martes, Esto es Bélgica (1969 )

Que el viajar ilustra, educa y entretiene ya lo tenían claro las clases pudientes inglesas del siglo XVIII, cuando enviaban a sus vástagos por Europa para empaparse de conocimiento y visitar los templos del arte clásico ( los vástagos varones, claro, las mujeres de entonces no necesitaban ni cultura ni ver mundo… ) 

Este viaje iniciático de los jóvenes aristócratas británicos se desarrollaba por Europa; Francia, Bélgica, Países Bajos, Suiza, hasta llegar al clímax que eran las ciudades italianas, Roma, Florencia, Nápoles, Venecia, con su clásica belleza.

Viajar estaba de moda, era el siglo del ” Grand Tour “. Y como todo viajero que se precie ( en eso no hemos cambiado ) necesita algún signo para demostrar que estuvo allí, comenzó entonces un floreciente comercio de recuerdos gráficos en forma de grabados y acuarelas de las maravillas visitadas.

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Fantaseo muchas veces con la cantidad y el contenido de los baúles que acarreaban estos turistas pioneros ( más bien, sus sirvientes… ) para un viaje de estas características, aunque en aquella época, como no existía la servidumbre de subir posts Instagram lo de repetir atuendo no sería un inconveniente.

Hacer una maleta versátil y completa, funcional y variada, en un espacio limitado es una gesta al alcance de muy pocas mortales y es una de las realidades más escasamente aceptadas por el mundo youtuber. Entren, señoras, en los cientos de canales que proponen la maleta perfecta y comprobarán que es como que se puede ver La Gran Muralla China desde el espacio: puro mito.

Así que aquí tenemos el origen de nuestros desvelos:  la maleta de cabina.

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Un viaje comienza consultando el pronóstico atmosférico. No sirve solo la temperatura, hay que tener en cuenta la humedad y la velocidad del viento, ya que, aún luciendo un sol esplendoroso, estas dos variantes se traducirían en una sensación térmica desapacible y traicionera, que nos haría precipitarnos a la desesperada a la primera tienda donde nos vendan un jersey que nos conforte, pagando lo que sea, aunque nos pidan a nuestro primogénito a cambio.

Pongamos que tenemos ya nuestro destino ( urbano ), nuestra duración ( cinco días ), nuestro pronóstico del tiempo ( 20 grados de media, viento racheado, sin previsión de lluvia ), así que vamos a abrir el melón ( o sea, la maleta ).

Un conjunto de camisetas, blanca, azul marino, negra y beige es un buen comienzo. De todos los consejos escuchados en otras redes más prácticas que la mía, el más útil es el de colocarlas una sobre otra y enrollarlas, bien compactadas y así a la maleta, en un lateral. Esto se aplica a casi cualquier prenda.

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Un par de faldas, blanca y azul marino

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Unos shorts y otra falda en tonos verdes

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Y unos pantalones blancos y otros beige

¿ Que más?

Algo para poner encima de las camisetas

 

Y la imprescindible camisa vaquera

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Con pañuelos al cuello no hay fresco norteño que nos amenace

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Y de repente el sol…

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De museos esta tarde..
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Vaya , pues parece que refresca un poco

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Pero , aunque nublado, se queda buen día…

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Para mi vergüenza, confesaré que visito museos en mis viajes urbanos como si no hubiera un mañana y sin embargo, hace siglos que no voy al maravilloso Museo del Prado, que lo tengo bien cerca. Diré, en mi descargo, que sí he estado últimamente en el  Sorolla o en alguna exposición temporal del Tyssen, todos ellos en Madrid. Pero aunque me gustan las pinacotecas, he de decir que mis museos favoritos son los de antropología, para cotillear en los utensilios y las costumbres de los que nos precedieron en este pequeño planeta.

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Comprobar como, a pesar de las tecnologías y los avances, nuestros miedos y esperanzas siguen siendo las mismas; el mismo desgarro ante un hijo que se malogra, la misma incertidumbre ante un viaje y el deseo de que nuestras pertenencias vayan bien seguras, la misma alegría ante un casamiento adecuado o una empresa venturosa… En un papiro egipcio, un campesino expresó su preocupación por la sequía con el mismo desconsuelo que un agricultor actual, una ama de cría pasiega o una matrona romana lucieron con el mismo orgullo y tronío joyas que yo me pondría en la boda de mi sobrino.

 

 

Nada hay nuevo bajo el sol.

Ni bajo la luna, la misma que cada anochecer vigila nuestros sueños y nuestros desvelos desde su distancia burlona, la misma que hace cincuenta años la humanidad creyó alcanzar; como doncella tentadora o como diosa digna de veneración, cambiante y predecible, nos recuerda que un viaje, cualquier viaje, empieza siempre con un primer paso.

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¡ Feliz semana !

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